20090315

2 700 años Un pueblo


Hay una cita de Simeón Ben Yohay. “El Santo, bendito sea, consideró todas las generaciones, y no encontró una generación más digna de recibir la Torah que la generación del tiempo del desierto. El Santo, bendito sea, consideró todas las montañas y no encontró otra montaña en la que proclamar la Torah que el monte Sinaí. El Santo, bendito sea, consideró todas las ciudades y no encontró otra sobre la que construir el templo que la ciudad de Jerusalén. El Santo, bendito sea, consideró todas las tierras y no encontró otra tierra más apropiada para su pueblo que la Tierra de Israel” (Lev. Rabbah 13,2). Curiosidad historica .Se trata de miembros de la tribu de los shinglung que se establecieron en la antigüedad en Persia, más tarde en China, de donde fueron expulsados en el año 600 y huyeron a Vietnam, de donde emigraron después a Tailandia y Myanmar (Birmania) antes de recalar finalmente en la India. Los shinglung, que en su gran mayoría adoptaron la religión cristiana hace un siglo en contacto con misioneros en India y Myanmar, están entre 1 y 2 millones de almas.Los ‘hijos de Menasé’ establecidos hasta la fecha en Israel son 1 500, y otros 5 000 aún practican el judaísmo en el noreste de la India, donde cuentan con 40 sinagogas, informó uno de sus dirigentes, Igal Anshin.Los inmigrantes, que tendrán que estudiar, y circuncidarse los varones, para reconvertirse al judaísmo antes de poder adquirir la ciudadanía israelí, son protegidos por la organización Shavei Israel (los que regresan a Israel) y bajo manifiesto disgusto del alcalde de Pardés Hana, Haim Gaash, se alojan para ese proceso en el seminario religioso Noam de esa localidad. Gaash, quien de momento no ha adoptado medidas para impedir su permanencia, declaró que los Bnei Menashé (hijos de Menasé), fueron alojados en secreto en su pueblo.La llegada de los miembros de la tribu de los shinlung, de ojos rasgados, coincide con la presencia de otro grupo cuyos miembros, trabajadores ilegales procedentes de Nigeria, de la tribu de los ibo, se dicen descendientes las tribus bíblicas de Efraim y Gad.Su líder, Paulis Amanudo, quien adoptó el judaísmo y viste de negro como los ortodoxos en señal de duelo por la destrucción del templo de Jerusalén, se llama ahora Hai Ben Daniel, y se halla bajo juicio como sospechoso de estafar a ilegales nigerianos con la promesa de convertirlos y obtener la ciudadanía israelí.La búsqueda de las tribus fue iniciada hace 18 años por el rabino Eliahu Avijai, fundador de la organización Amishav (mi pueblo regresa), y el que encontró en Perú y México y en otros países americanos a indígenas que practican preceptos de la religión hebrea y a los que se creen descendientes de conversos judíos de España (marranos).Según el investigador estadounidense Lawrence J. Epstein, los 15 millones de miembros de las tribus Pathan, o Pashtún, y dispersos en Afganistán y en Pakistán, son musulmanes pero cumplen en mayor o menor medida las 21 costumbres judías básicas.Por ejemplo, las mujeres encienden las velas al llegar la jornada sabática (sabat), los ‘patanes’ lucen la estrella de David, y los varones emplean el manto de rezos hebreo , el ‘talit’ o taledo.Las 12 tribusLa arqueóloga Rivka Gonen, del Museo de Israel, sostiene que las tribus perdidas desaparecieron tras escindirse en dos grupos en el S. 10 a.C.El primer exilio, el de las 10 tribus del norte, comenzó con la conquista asiria (722 a.C), y el segundo, de las tribus de Judá y Benjamín, las del sur, fue por la conquista romana (70 d.C.).

Antes de enviar a Lewis y Clark al oeste, Thomas Jefferson envió a Meriwether Lewis a Filadelfia a ver al Dr. Benjamin Rush. El eminente doctor preparó una serie de preguntas científicas para que la expedición las respondiera. Entre ellas, "¿qué parecido inherente guardan sus ceremonias religiosas (de los indios) con las de los judíos?" Al igual que muchos de su tiempo y del nuestro, Jefferson y Lewis estaban fascinados por las 10 Tribus Perdidas de Israel, y pensaban que podrían estar dispersas por las grandes llanuras del centro de Norteamérica.No lo estaban. No están en ninguna parte. Su desaparición en las tinieblas de la historia desde su exilio de Israel en el 722 a. C. no es ningún misterio. Es la norma, la regla de cada pueblo antiguo derrotado, destruido, dispersado y exiliado.Con una excepción, una milagrosa historia de rescate y retorno, no después de un siglo o dos, sino de 2000 años. Llamativamente, ese milagro sucedía en nuestro tiempo. Esta semana se cumple su 60 aniversario: el retorno y la restauración de las dos tribus de Israel restantes -- Judah y Benjamin, conocidas más tarde como los judíos -- a su antigua patria.
Además de restaurar la soberanía judía, la creación del Estado de Israel incorporó muchos milagros posteriores, desde la creación del primer ejército judío desde tiempos de los romanos hasta el único caso que se tiene constancia de resurrección de una lengua muerta -- el hebreo, hoy la lengua cotidiana de una nación vibrante de 7 millones de habitantes. Como escribió una vez la historiadora Barbara Tuchman, Israel es "la única nación del mundo que se gobierna en el mismo territorio, bajo el mismo nombre, y con la misma religión y la misma lengua que hace 3000 años".
Durante sus primeros años, de Israel se hablaba en términos idealizados. Hoy, tal diálogo se considera inocente, anacrónico y hasta insensible, nada más que mitos sionistas diseñados para esconder la verdadera historia, es decir, la narrativa de desposeimiento de los palestinos.No es así. El sufrimiento palestino es, por supuesto, real y sobrecogedor. Pero lo que la narrativa árabe está distorsionando deliberadamente es la causa de su propia tragedia: la demencia de su propia dirección fanática -- desde Haj Amin al-Husseini, el gran muftí de Jerusalén (colaborador Nazi que pasó en Berlín la Segunda Guerra Mundial) hasta Gamal Abdel Nasser en Egipto, pasando por Yaser Arafat hasta el Hamas de hoy -- que eligieron repetidamente la guerra en lugar del compromiso y la reconciliación.
El desposeimiento palestino es resultado directo del rechazo árabe, entonces y ahora, a un estado judío de cualquier tamaño o en cualquier parte del enorme territorio que los árabes reclaman como patrimonio exclusivo. Esa fue la causa de la guerra hace 60 años que, a su vez, provocó el problema de los refugiados. Y sigue siendo la causa de la guerra hoy.
Seis meses antes del nacimiento de Israel, Naciones Unidas había decidido por una mayoría de dos tercios que la única solución justa a la salida británica de Palestina sería la creación de un estado hebreo y un estado árabe juntos. El hecho innegable sigue siendo: los judíos aceptaron ese compromiso; los árabes lo rechazaron.Con gran virulencia. El día que los británicos arriaban su bandera, Israel era invadido por Egipto, Siria, el Líbano, Trasjordania e Irak -- 650.000 judíos contra 40 millones de árabes.
Israel prevaleció, otro milagro. Pero a un precio muy elevado -- no solamente para los palestinos desplazados como resultado de una guerra declarada para erradicar a Israel nada más nacer, sino también para los israelíes, cuyas bajas de guerra fueron sobrecogedoras: 6.373 muertos. El uno por ciento de la población. En términos americanos, se necesitarían treinta y cinco monumentos de Vietnam para acoger una pérdida de vidas tan monumental.Raramente escuchará hablar del terrible sufrimiento de Israel en esa guerra de 1948-49. Solamente se escucha hablar al bando palestino. Hoy, en la misma línea, se escucha que los asentamientos y los controles israelíes y la ocupación son las constantes causas raíz del terrorismo y la inestabilidad de la región.Pero en 1948 no había ningún "territorio ocupado". Tampoco en 1967, cuando Egipto, Siria y Jordania unieron fuerzas en una segunda guerra de aniquilación contra Israel.
Mire Gaza hoy. No hay ocupación israelí, no hay asentamientos, y no queda ni un solo judío. ¿La respuesta de los palestinos? Implacable fuego de misiles que mata y mutila a civiles israelíes. ¿El casus belli declarado del gobierno palestino en Gaza detrás de estos proyectiles? La existencia misma de un estado judío.El crimen de Israel no reside en sus políticas, sino en su insistencia en sobrevivir. El día en que los árabes -- y los palestinos en particular -- tomen la decisión colectiva de aceptar al estado hebreo , habrá paz, como Israel demostró con sus tratados con Egipto y Jordania. Hasta esa fecha, no habrá nada sino guerra. Y cada "proceso de paz" al margen de lo bienintencionado o cínico que sea, quedará en agua de borrajas. Este pluralismo de enfoques que se detecta ya en la misma Biblia ha inspirado a los historiadores modernos distintas visiones a la hora de explicar cómo tuvo lugar el asentamiento de los israelitas en Canaán.
Fueron cristalizando tres modos de comprender este asentamiento. Dos de ellos se formularon ya en los años 20 y 30. Se trata de la hipótesis de la “conquista militar unificada”, que se inspira más en el libro de Josué, y la hipótesis de “infiltración pacífica”, que se inspira más en la versión de libro de los Jueces. Una tercera hipótesis, la de la “revolución social” cristalizó más tarde en los años 60. a. Hipótesis de la conquista militar unificada
Las bases arqueológicas de esta teoría fueron proporcionadas por el gran arqueólogo Albright en los años 30. Más tarde fueron elaboradas por Wright, Kaufmann y Yadin, entre otros. En 1930 Albright excavó Tell Bet-Mirsim que identificó con la ciudad bíblica de Debir, que, según la Biblia, fue destruida por Josué. Efectivamente aparecieron huellas de una destrucción de la ciudad a fines del siglo XIII a.C, cuando se solía situar la conquista de Josué.
Como vemos, este enfoque sigue de cerca la descripción de la conquista de Canaán en los primeros capítulos del libro de Josué. Allí las ciudades estado cananeas fueron sometidas en unas campañas relámpago y destruidas muchas de ellas por el fuego. Como resultado de esta conquista y destrucción, los israelitas se habrían asentado en esas zonas.
La evidencia a favor de esta hipótesis estaría en las descripciones literales de la Biblia, en los niveles de destrucción que aparecen en algunos tells en el Bronce reciente, como por ejemplo en Bet Mirsim, Jasor, Lakish o Betel, y los paralelismos históricos de otras sociedades nómadas que causaron el derrumbe de grandes civilizaciones.
Pero los resultados arqueológicos modernos contradicen estos argumentos. Hay una diferencia entre lo que sucede en la montaña y en las llanuras. Muchas ciudades importantes no estaban habitadas en el Bronce reciente, como es el caso de Jericó o de Ai, y su inclusión en el relato bíblico puede deberse a motivos etiológicos para explicar las impresionantes ruinas de tiempos antiguos que podían verse en superficie.
Podemos suponer que en la época final del Bronce y en el Hierro I no hubo cambios drásticos en las llanuras costeras a pesar de los filisteos. Es en la montaña central donde encontramos el gran flujo de asentamientos (en la tribu de Efraím 5 asentamientos en el Bronce reciente y 115 en el Hierro I).
Sólo se han documentado unos pocos posibles asentamientos israelitas sobre las ruinas de ciudades cananeas previamente destruidas. Este es el caso de Betel, Tell Bet Mirsim o Bet Shemesh. Las principales ciudades cananeas no fueron derruidas en aquella campaña inicial al final del siglo XIII o principios del XII. Fueron más bien sucumbiendo poco a poco, y su destrucción puede atribuirse a los egipcios, los filisteos, o a conflictos civiles entre ellas.
¿No es extraño que los israelitas no se asentasen en las áreas fértiles de las ciudades destruidas, sino que se contentasen con el país montañoso topográficamente más difícil? Para las ciudades destruidas en el siglo XIII habrá que buscar otros agresores en otra parte y no entre unas oscuras tribus del desierto que en cualquier caso no se asentaron allí.
Por otra parte por documentos egipcios nos consta que en esa época de finales del siglo XIII y principios del XII había todavía una fuerte presencia egipcia en el país de Canaán. Dicha presencia es totalmente ignorada en los relatos bíblicos de la conquista. Resulta poco verosímil que los egipcios que estaban todavía en control de Canaán permitieran que esos grupos hostiles conquistasen las ciudades de sus aliados y clientes.
b. Teoría de la infiltración pacífica
Tiene su origen en Alt (1925) y más tarde Noth y Aharoni. A partir de sus estudios sobre el hexateuco propugnan la infiltración pacífica de grupos de pastores en las regiones poco pobladas de Canaán. Primeramente en la montaña central, después en la montaña galilea bastante inhóspita y poco poblada. Esta visión está más de acuerdo con lo que se nos cuenta en Josué 15 y en Jueces 1. Se trata de un largo proceso, que comenzaría con la trashumancia, y el rozo de los bosques. La conquista de las ciudades cananeas habría tenido lugar en un estadio mucho más tardío de este proceso.
Al principio los israelitas no desafiaron el poder de las ciudades ni buscaron la confrontación con los agricultores sedentarios. Su única confrontación fue el desafío que les ofrecían aquellas colinas pedregosas y cubiertas de bosques.
Alt se fijó en los hábitos de los beduinos seminómadas que interaccionaban diversamente con los asentamientos agrícolas. También en la época bíblica los israelitas que habitaban en el borde del desierto pudieron haber llevado sus rebaños a los rastrojos de los campos ya segados, subir luego a los pastos de altura y regresar posteriormente en invierno a los bordes del desierto. Poco a poco comenzarían a sembrar en los pastizales de la montaña y así gradualmente se fueron asentando.
Al inicio no se habría dado un conflicto con las ciudades cananeas de la llanura, mucho más poderosas. De hecho los conflictos narrados en las fuentes antiguas son sólo con ciudades cananeas que se encuentran en ejes o cerrojos que separan los macizos: el eje Beisán-Akko que divide la montaña galilea de la montaña central, o el eje Bet Shemesh-Jerusalén que divide las tribus del Sur de las de Benjamín y Efraím.
Curiosamente alguno de los asentamientos primitivos excavados por los arqueólogos en la montaña guardan una asombrosa semejanza con la estructura oval de los campamentos beduinos, sólo que las tiendas de piel de camello fueron sustituidas más tarde por sencillas casas.
Un papiro egipcio de la época de Ramsés II (siglo XIII), describe la montaña palestina como un país casi vacío, agreste, cubierto de bosques donde sólo viven los beduinos Shosu. Alt identificó a los israelitas con estos beduinos.
En una cosa coincidía la teoría de la conquista con la de la infiltración pacífica. Unos y otros investigadores estaban convencidos de que los israelitas eran un pueblo llegado desde fuera al final de la Edad del Bronce. Y unos y otros estaban también convencidos de que los recién llegados estaban en un estadio cultural y social mucho más primitivo que el de los cananeos que habitaban la tierra.
c. La escuela sociológica
La hipótesis de la conquista y la de la infiltración se apoyaban en la creencia de que el desierto siro-arábigo estaba lleno de beduinos nómadas que periódicamente invadían las tierras sembradas. Pero los antropólogos pasaron a opinar que antes de la domesticación del camello a fines del segundo milenio a.C., el número de nómadas que vivían en desierto debió haber sido muy escaso. Los beduinos no procedían del desierto, sino que convivían con los agricultores e interaccionaban con ellos como parte de un mismo sistema económico.
De haberse dado flujos migratorios más bien se habrían dado desde las tierras cultivadas hacia el desierto y no desde el desierto a las tierras cultivadas.
Estos nuevos supuestos antropológicos sumados a las ideas marxistas en boga por la Europa de los años 60 llevaron a Mendenhall primero (1962) y después a Gottwald a lanzar la idea de que la población israelita no venía de fuera de Canaán.
Según estos autores, hubo un momento en que los grupos oprimidos y explotados que pertenecían a los estratos inferiores de la sociedad cananea se rebelaron contra la clase dominante. Estos elementos rebeldes podrían bien coincidir con los hapiru de los textos egipcios contemporáneos. El conflicto social básico no se dio entre pastor y agricultor, sino entre la población rural y los caciques burgueses de las ciudades. La religión israelita monoteísta habría sido la bandera en torno a la cual se habrían coaligado estos rebeldes, que buscaban una sociedad más igualitaria y rechazaban la religiosidad cananea en la que se apoyaba la sociedad opresiva cananea.
Gottwald dio una interpretación marxista a la hipótesis de Mendenhall que fue desautorizada por el propio Mendenhall. Según Gottwald los rebeldes habrían huido hacia la montaña para establecer allí su nuevo modo de vida, un poco como los Pilgrim Fathers en América. Este asentamiento fue facilitado por nuevos desarrollos tecnológicos, las herramientas de hierro para cavar cisternas, la argamasa para enlucir e impermeabilizar las paredes de las cisternas, y las técnicas para construir terrazas en las faldas de las montañas.
Esta teoría tuvo una duración muy corta. Las supuestas innovaciones técnicas ya se conocían en la Edad del Bronce. Además es obvio que los que se asentaron en las montañas procedían de un medio pastoril y no agrícola.
d. Cananeos pastoralizados y resedentarizados
Esta tesis rechaza todo supuesto de que los israelitas vinieran de fuera de Canaán, Según Lemche, por ejemplo, habría que identificarlos con los hapiru, proletariado refugiado de otras partes de Canaán. Para Lemche lo que caracteriza a los israelitas con relación a los cananeos es su religión. Lo israelitas son cananeos yahvizados, que se sienten diferentes del resto de la población.
Actualmente Finkelstein habla de una resedentarización de elementos cananeos que a raíz de los trastornos del Bronce Medio se habían vuelto seminómadas y tras una época transitoria volvieron a sedentarizarse a partir del final del Bronce reciente. Según él, este proceso no sería algo nuevo al comienzo de la Edad del Hierro sino que habría tenido lugar ya varias veces durante la historia del Medio Oriente, al menos en dos olas previas de asentamiento de pastores en el Bronce Antiguo y al comienzo del Bronce medio.
Estos nuevos asentamientos de los grupos resedentarizados estarían localizados sobre todo en la montaña, serían de naturaleza rural, sin murallas, sin palacios ni templos, con casas de cuatro espacios y cerámica con bordes de anillo.
4.- Las excavaciones arqueológicas
Las excavaciones arqueológicas en los estratos que pertenecen a esta época (final del Bronce y principios del Hierro), revelan que hubo muchísimos establecimientos nuevos y que algunas fortalezas fueron destruidas, pero no permiten hablar de una invasión global o de una destrucción masiva de ciudades cananeas.
Las ciudades cananeas disponían de un armamento técnicamente superior. Los israelitas no pudieron realizar un ataque de gran envergadura para apoderarse de todo el país. La penetración en Canaán se efectuó con un ritmo más lento. Los israelitas venían de diversas direcciones, en pequeños grupos, evitando las llanuras donde operaban los carros de combate, y contentándose con la regiones no habitadas.
Los combates con los sedentarios de las grandes ciudades fueron más defensivos que ofensivos. El libro de los Jueces no refleja una conquista efectuada en una sola generación, sino una ocupación mucho más larga, que sólo se completará en la época de la monarquía.
Pero la localización de dichos asentamientos en la montaña no es uniforme. Las excavaciones muestran que al principio la parte más densamente poblada fue la montaña de Efraín; muchísimo menos la montaña de Judá o la montaña Galilea, que sólo alcanzaron una cierta densidad de población en siglos posteriores.
Los asentamientos “israelitas” se caracterizan en parte por dos rasgos culturales. La casa de cuatro espacios y la cerámica con borde de anillo. Sin embargo estos dos rasgos no son tan exclusivos de los israelitas como pudo parecer en un principio. Aparecen también en yacimientos de la Transjordania en Moab o Amón. Lo que si sería rasgo exclusivo de los asentamientos israelitas es la ausencia de huesos de cerdo, lo cual muestra que el pueblo tenía ya una dieta ideológica mediante la cual buscaba ya diferenciarse de sus vecinos. La prohibición del cerdo no puede basarse sólo en razones ecológicas o económicas.
Entre todas estas tribus no había continuidad geográfica. Estaban separadas unas de otras por ciudades cananeas que formaban como dos cerrojos, y que no consiguieron conquistar en la época de los jueces. Entre la Galilea y la montaña de Efraín tenemos el cerrojo de las ciudades de la llanura de Esdrelón: Meguido, Taanak, Bet Shean... Entre la montaña de Efraín y de Judá tenemos otro cerrojo formado por otro grupo de ciudades cananeas como Gézer o Jerusalén.
5.- El establecimiento de las tribus
La implantación más antigua parece ser la de Rubén y Gad en la Transjordania, a partir de Madián (Nm 21). Al norte de Rubén, en el territorio de Galaad. también en la Transjordania, encontramos la tribu de Gad. Más tarde la mitad de la tribu de Manasés (Makir) se estableció más al norte, entre el Yabboq y el Yarmuk (Ver mapa de las tribus).
El sur, o territorio de Judá, parece haber sido ocupado por las tribus que venían de Egipto a lo largo de la costa mediterránea. Allí se fusionaron con los clanes que estaban ya anteriormente, como los Quenitas y los Calebitas. Absorbieron también los restos dispersos de la tribus de Simeón y de Leví.
En cuanto a la Galilea, parece que fue colonizada por tribus que no estuvieron nunca en Egipto. Son las tribus de Aser en la llanura de Akko, bajo control cananeo. Las tribus de Neftalí en la Alta Galilea, y las de Isacar y Zabulón en las colinas de la Baja Galilea. El caso de Isacar, "el asno robusto", cuyo nombre quiere decir "asalariado" nos muestra que eran portadores de fardos, y fueron reclutados en las levas al servicio de la ciudades cananeas importantes de la llanura de Esdrelón. Estas tribus se federaron con los recién llegados y aceptaron el Yahvismo. Es sólo entonces cuando pudieron sacudirse el yugo opresor de la ciudad de Jasor. Pero esto no quiere decir que se apoderaran de todas las demás ciudades.
Finalmente es en las montañas de la Cisjordania central, donde se establecieron las tribus que serán las más importantes en este periodo, aquellas en torno a las cuales se va a forjar la unidad política. "Hablamos de la "casa de José", en la montaña de Efraín, que comprende las tribus de Manasés, Efraín y Benjamín, las que penetraron en el país con Josué, y tuvieron la experiencia religiosa del Éxodo.
Finkelstein cuenta unos 250 asentamientos en la montaña al principio de la Edad del Hierro (comienzos del siglo XII a.C.). Esto daría una población de unos 45.000 habitantes. En el siglo VIII a.C., en el momento de máximo desarrollo, pudo llegar a haber 500 asentamientos con una población de unos 160.000 habitantes

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